Kobe

Querido Kobe

Querido Kobe:

Hace un tiempo no muy lejano, recibí tu carta titulada ‘Dear basketball’. En esas líneas, pude entenderlo todo. Conocí tus miedos, tus preguntas recurrentes, tus dudas como tránsito obligado a las certezas. Pero también supe de tu voluntad y tu carácter para extender límites. Para reformular conceptos, para comprender que la única evolución que existe es producto del esfuerzo. De la tenacidad y la constancia. Supe del camino recorrido, comprendí lo que significaba dejarlo todo por una idea. Solo vive la vida con plenitud aquel que se enamora como tú lo has hecho. Aquel que está dispuesto a avanzar contra tormentas sin escudo, a abrazar la incertidumbre y entregarse con cuerpo y alma a una pasión desbordante.

Desde que eras solo un niño de seis años que lanzaba calcetines al cesto de basura de tu padre, supe que estabas destinado a ser lo que finalmente fuiste. Tu propósito fue mi propósito. Me entregaste tu espíritu, tu alma y tu cuerpo. Has ganado mucho y también has perdido. Muchas veces quisiste lanzar la toalla, dejarlo todo y empezar de nuevo. Pero no lo hiciste. Y es por eso que siento que jamás me defraudaste. Te exigí esfuerzo, te pedí sacrificio y me devolviste alegría. Todos los días fue contemplar un milagro: verte crecer fue un privilegio único. Empujar la vara un centímetro más alto para superarte a tí mismo. Abrazar a los que estaban a tu lado para que hagan un esfuerzo por alcanzarte. Evolucionar para ir siempre primero en la fila. Obligar a que los rivales te persigan.

Fuiste talento, pero no solo eso: Kobe Bryant, tu fuiste el fuego. Mi fuego. Ese que nace, crece, irradia pero nunca muere. Que no tiene tiempo ni lugar. Una chispa tan intensa, tan pura, que supo seducir a propios y extraños. Que contagió a quien se puso al lado, que frustró a quien se colocó enfrente. No fue solo lo que hiciste, sino cómo lo hiciste. Pupilas dilatadas, sagacidad de lince, mandíbula rígida y puño cerrado. Todos lo querían, pero solo tú lograste tenerlo.

Ha pasado un año de tu partida. He visto llorar a mares a Michael, tu hermano mayor. He escuchado a Shaq recordarte con una tristeza que me conmovió. La fragilidad de la existencia nunca estuvo tan presente como en esos días de desencanto. Pero más allá de las lágrimas, también pude ver el despertar: en un partido que parecía perdido, AD gritó tu nombre al cielo después de que su plegaria se convirtiera en un triple ganador en el último segundo. Incluso el propio LeBron luchó como nadie por tu legado. Se entregó a pleno para defender tu esencia, tu mensaje, para hacer de los Lakers, tu familia, el equipo de todos por unos meses. Para que el círculo del tiempo se complete y para que la redención se haga piel.

Querido Kobe, déjame confesarte algo: honestamente no creo que te hayas despedido de nosotros. Yo sigo sintiéndote cerca, a mi lado, con los muslos tensos diciéndome que este partido, nuestro partido, aún se juega. Que todavía queda tiempo en el reloj y que solo abandona la lucha quien no lo intenta. Que no importa lo físico si el espíritu se mantiene en pie. Si el alma camina, la llama nunca se extinguirá. Tú sigues viviendo, querido hijo, en cada niño que empieza y persigue un sueño, en cada fanático que transpira tu camiseta en una grada, en cada novato que lucha por ser, al menos por un rato, lo que alguna vez fuiste tú.

Fuente: espndeportes.espn.com

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